15 de enero de 2014

Niños cantores en la ciudad pequeña


Cuando el Director de los Niños Cantores de la Ciudad Pequeña elige solista, la maledicencia ambiente da por desflorada a la soprano en ciernes. De nada sirve que la joven jure y perjure que no y que no.
Que “todo juramento es un énfasis”, le recuerdan los legos.
— Arrastraste nuestro apellido, apostrofan los parientes desde el Club de Golf.
— No será la última vez, vaticina llorosa la doncella.
Y canta, aunque le duele canta. Como el ruiseñor de Wilde, canta.
Y su canto es azul, brillante y alto, tanto que por un momento algunos tienden a creerle.
Por eso las autoridades inician un sumario al Director, que se rasura como todo gesto de protesta. Y lo despiden, lo destierran. Con anuencia de los Señores Padres disuelven esa célula de la sonoridad polifónica del mal.
Sólo cuando llega la breve invitación para el Trigésimo Certamen Intermunicipal de Niños Cantores redactan unas novedosas bases para el concurso de antecedentes que dará como resultado un sucesor: se busca músico, apto para dirigir voces blancas de entre siete y trece años, inútil presentarse si no le interesan las obras al unísono.

27 de diciembre de 2013

Las ciudades pequeñas


Cuando ha sido emplazada lejos del agua, la  Ciudad Pequeña sueña con un río como un falo vivoreante que la atraviese una noche, de lado a lado.
Sucesivos intendentes como padres intentan calmar esa ansiedad, engañarla con albercas, fuentes, eventuales espectáculos de géiseres danzantes y antiestéticas cascadas de artificio.
La ciudad calenturienta se retuerce de deseo de humedad.  Se moja por abajo y los ingenieros buscan vanas soluciones para sosegar la creciente de las napas.
Se le empapan los ruedos al obispo si desciende a la bodega, obscenas rajas cruzan los muros de la sacristía y se ladea levemente el campanario de la catedral. La venganza comienza  por la curia. Y aunque los crédulos convocan peregrinaciones ad hoc, nada consigue apagar los frenesíes comarcales, su furioso celo contrariado.
Sólo los amantes visionarios, ciudadanos preferidos, ilustres, honorarios, locos del pueblo con  ridícula flor en el ojal y con sombrero le proponen la indecencia que ella espera: horadarla, con lujuria abrirle en el cemento un suave lecho lodoso;  aunque breve un curso navegable para que los viejos sumerjan allí los pies y los niños practiquen origami con algo de sentido. Nunca nadie los escucha, como siempre, pero cuando mueren les erigen monumentos “a la extraña simpatía, al excéntrico del siglo”. 
Todavía no hay discurso que habilite el triunfo de un alcalde en reelecciones.

22 de octubre de 2013

Siestas


La casa abandonada donde leíamos a Whitman. Los arcos entre la maleza donde aprendimos a avergonzarnos de nuestra sencillez ante la soberbia de la yegua blanca. Nos recostábamos cada una hacia un lado de una columna. Mi amiga tomaba con infinito respeto  el libro del patriarca y susurraba en perfecto inglés (en un inglés que a mí me parecía perfecto), todas esas enumeraciones que abarcan, incluyen aunque no digan, todo. Sentirnos universales por unos minutos al alcance de la mano. Y de allí a Borges un solo paso. Otra tarde era Prevert, otra Rimbaud. Me parece que siempre era ella la que leía, rubia y sentenciosa. Yo cerraba los ojos, masticaba un palito y me dejaba llevar su voz de contralto, su francés aprendido en academia de pueblo. Faltaba mucho para que pudiéramos viajar pero ahí se nos despertó el deseo.
Llegábamos en bicicleta, por caminos sinuosos y estrechos, para fugarnos del mundo unas horas. Nadie nos buscaba en realidad. Ahora que lo pienso, nadie se inquietaba entonces por la ausencia de un par de quinceañeras. 
Volvíamos a casa borrachas de palabras que vaya a saber si entendíamos del todo y con el corazón convulso como si en lugar de leer hubiésemos besado a unos muchachos. Unos meses después dejamos de escaparnos, la película de los poetas muertos nos convirtió en un lugar común o encontramos por fin a quien besar, no sé que fue primero.

20 de octubre de 2013

Día de la madre


Los hijos de los hombres mayores se gestan y se paren de manera unilateral.  Los derechos sobre las crías, en cambio, se comparten.  Con el hijo de un hombre mayor se alumbra la certeza de que tarde o temprano vendrán a por él a reclamarlo . Aunque en principio sea el rechazo y el caos, lo que sigue es lo sistemático de la apropiación. Desde diversos ámbitos institucionales se brindan a la madre variaciones de cierta filosofía barata: tus hijos no son tus hijos. Se propicia la entrega, el desfallecimiento por cansancio. Y quién no queda agotado después de un parto, al final de los de llantos a medianoche, de duermevelas al costado de la fiebre, de untar manteca en kilómetros de pan muy blanco, después de corregir cuentas y caligrafías y enseñar a separar lo bueno de lo malo para siempre. 
La existencia de cualquiera, se dirá, está intervenida por las instituciones, pero en cuanto se tiene un niño la cosa se exacerba. Y a quién no se le resume la vida en tres o cuatro números identitarios.
El hijo de G., verbigracia, clarísimo y amado. Este hijo es mío. Es suyo también,  ciertamente. Pero no es, nunca ha sido, nuestro hijo. Es extraño. El castellano no prevé esta situación, salvo con un par de insultos. La justicia tampoco. No hay palabras para nombrar la condición de este mi niño suyo.
Por ahora el niño canta. El hijo de G. canta en la plaza de la Ciudad sin Agua, sustituye en la retreta  al director de la banda imaginaria. El espacio de Don Rainone, el salvado por milagro. El escapado por azar del régimen fascista, que tocó el violín hasta obtener su salvoconducto al futuro en la otra orilla del océano. Y después de tanta sangre y tanta agua venir a caer aquí. Justamente igual que el niño, que  después de tanta sangre y tanta agua vino a caer aquí y nada sabe y  canta. 
Canta el infante sin importarle nada de las mujeres perversas que se sonríen al verlo, que indagan en su rostro un parecido con C., que mucho más tranquilizador sería. Mas no lo encuentran. Entonces se relamen. Piensan, ya vendrán, ya vendrán a buscarlo. Tus hijos no son tus hijos. Demasiado todoparaella. Que espere un poco y ya verá, que no es de gratis parirle niños a los hombres que nos corresponden.
Infinita felicidad porque el niño canta.  El instante remeda el absoluto. Música. Sin las torpes/crueles palabras que la ley y el idioma nos reservan, porque de ellas a esta hora todavía no hay necesidad.

8 de agosto de 2013

A soñar, mi amor


Vale Sorin pregunta...cómo debería ser la política pública de lectura de los próximos 5 años

Una política pública para los próximos 5 años debería evaluar las iniciativas ya iniciadas, profundizar y sostener las más valiosas, reencauzar presupuestos y esfuerzos que se estén dilapidando y articular entre sí a todos los agentes que intervienen en el campo con lo mejor que tengan para sumar y aportar.
Debería garantizar un curso de acción estable, ya que los resultados no se conseguirán en el corto plazo.
Debería incluir a las inciativas de la sociedad civil sin pretender cooptarlas sino fortalecerlas, empoderarlas y articular con ellas. La participación de las ONG es garantía de la continuidad de las políticas, más allá de los cambios propios de las gestiones estatales y son contralores de la transparencia y pertinencia de las inversiones, así como anfitriones de espacios de diálogo y reflexión sobre lectura independientes.
Debería adoptar un concepto de lectura claro, democrático, que atienda a la urgencia de la acción y también al rigor epistemológico, ideológico, académico. Sí o sí debería considerarse a la lectura como derecho. Hoy, distintos ministerios o distintas áreas dentro de los ministerios difunden muy distintas ideas de lectura y muy diferentes modos de hacerlo, lo cual confunde a la población, en especial a los docentes.
Debería reforzar su marco legal en todas las instancias y niveles de gobierno posibles, en téminos de coherencia teórica, ideológica y de garantía de presupuestos regulares, continuos y autónmos.
Debería aspirar a la universalidad y probar también iniciativas piloto que luego puedan generalizarse.
Una política publica de lectura NO ES un programa de compra y distribución de libros, aunque incluya esos deberes. Y esas tareas no deberían estar disociadas de las de fomento lector, como ocurre hoy en la práctica.
No puede eludir la formación de mediadores, apoyar al capital humano que sostiene el fomento lector en el país
Debería apostar a la lectura en sí, a la libertad y condiciones de la práctica y no a la animación ni a la generación de eventos, ni a lo entretenedor.
Buenos planes de lectura requieren infraestructura y cobertura territorial. También criterios de acción común en las provincias, aunque no homogeneizantes, sino que contemplen la diversidad cultural y las iniciativas y los valores locales. Las propuestas deberían tener pocos ejes, simples, sistematizables a los que se pudieran agregar las prioridades jurisdiccionales. Que incluyan a la escuela y a la población juvenil pero que no descuiden el fomento de la lectura en otros ámbitos y entre los adultos (que son los que tienen el verdadero problema con la lectura). 
Debería ponerse propósitos claros, ambiciosos, evaluables periódicamente en términos cuali y cuantitativos de formación de lectores, objetivos que no confundan metas con cantidad de acciones. Para ello debería generar sus propios instrumentos de investigación y no limitarse a ser medida sólo con varas ajenas como la de la prueba PISA.
Finalmente, Argentina debería aportar a las políticas públicas de lectura de la comunidad internacional a la que ha decidido pertenecer y dejar de hacer seguidismo de las agendas, conceptos y propuestas de organismos internacionales neocoloniales financiados por países dominantes en los cuales se promueven una idea de la lengua, de la circulación de los bienes culturales y de la lectura en sí que responden a intereses políticos no compatibles con los intereses de nuestro país y latinoamérica.

Ojo, no me preguntaron por una política de promoción de los autores argentinos, la literatura nacional y las editoriales del país, que eso es otro capítulo.


4 de mayo de 2013

Paraíso


Cuando llegaban visitas desaparecía. Mamá me llamaba dos veces sumando impaciencia, una tercera a los gritos y después justificaba mi ausencia ante los parientes con resignación.
Lo sé porque yo estaba sobre sus cabezas, trepada al árbol de paraíso que  proyectaba la sombra donde se sentaban a tomar mate. Pero los adultos nunca miran para arriba, eso es así.
Mi horqueta era perfecta para calzar la espalda  hacia un lado y sostener los libros en el otro, con panorámicas de la calle, del jardín completo y la galería de la casa. Todo controlado. La altura ideal para decidir si atender o no la conversación de los mayores.
Descalza y allá arriba yo era Fabiola, discutía ideas libertarias con mi esclava y asistía a las ceremonias e inmolaciones de los primeros cristianos en la antigua Roma; era Androcles atravesando la noche con un león, era la bella Inés llorando bajo el almendro; era Sissi la emperatriz de incógnito entre los aldeanos; era el príncipe Ahmed al Kamel, encomendándome a Alá y preguntando al pájaro del destino el paradero de mi amada en la Alhambra.
Bajaba del árbol cuando se iba la luz o cuando llegaba la nube de mosquitos. Me costaba volver a la realidad, dejar de pensar en catacumbas, mayólicas, caireles. Casi siempre era tarde para ayudar a preparar la mesa.